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miércoles, 22 de enero de 2014

Una POCO de COPI | La torre de la defensa

"La torre de la defensa es una pieza casi convencional, para Copi al menos, que reúne todos sus temas en un desarrollo realista. Están sus animales favoritos (gaviota, boa, rata, la rata dentro de la boa: 'boa rellena'), un cadáver descuartizado dentro de una valija, y una dama elegante con un tailleur Chanel que al final resulta ser el estudiante que colaboró esa misma mañana en la mudanza del senegalés, con el que tiene un delicioso intercambio justo antes de que caiga el telón: "- ¿Me prefieres como hombre o como mujer? -Con anteojos, como hombre. Con peluca, como mujer." [César Aira, Copi] 

martes, 31 de diciembre de 2013

El cuento de navidad de Auggie Wren de Paul Auster

Le oí este cuento a Auggie Wren. Dado que Auggie no queda demasiado bien en él, por lo menos no todo lo bien que a él le habría gustado, me pidió que no utilizara su verdadero nombre. Aparte de eso, toda la historia de la cartera perdida, la anciana ciega y la comida de Navidad es exactamente como él me la contó.

Auggie y yo nos conocemos desde hace casi once años. Él trabaja detrás del mostrador de un estanco en la calle Court, en el centro de Brooklyn, y como es el único estanco que tiene los puritos holandeses que a mí me gusta fumar, entro allí bastante a menudo. Durante mucho tiempo apenas pensé en Auggie Wren. Era el extraño hombrecito que llevaba una sudadera azul con capucha y me vendía puros y revistas, el personaje pícaro y chistoso que siempre tenía algo gracioso que decir acerca del tiempo, de los Mets o de los políticos de Washington, y nada más.


Pero luego, un día, hace varios años, él estaba leyendo una revista en la tienda cuando casualmente tropezó con la reseña de un libro mío. Supo que era yo porque la reseña iba acompañada de una fotografía, y a partir de entonces las cosas cambiaron entre nosotros. Yo ya no era simplemente un cliente más para Auggie, me había convertido en una persona distinguida. A la mayoría de la gente le importan un comino los libros y los escritores, pero resultó que Auggie se consideraba un artista. Ahora que había descubierto el secreto de quién era yo, me adoptó como a un aliado, un confidente, un camarada. A decir verdad, a mí me resultaba bastante embarazoso. Luego, casi inevitablemente, llegó el momento en que me preguntó si estaría dispuesto a ver sus fotografías. Dado su entusiasmo y buena voluntad, no parecía que hubiera manera de rechazarle.


Dios sabe qué esperaba yo. Como mínimo, no era lo que Auggie me enseñó al día siguiente. En una pequeña trastienda sin ventanas abrió una caja de cartón y sacó doce álbumes de fotos, negros e idénticos. Dijo que aquélla era la obra de su vida, y no tardaba más de cinco minutos al día en hacerla. Todas las mañanas durante los últimos doce años se había detenido en la esquina de la Avenida Atlantic y la calle Clinton exactamente a las siete y había hecho una sola fotografía en color de exactamente la misma vista. El proyecto ascendía ya a más de cuatro mil fotografías. Cada álbum representaba un año diferente y todas las fotografías estaban dispuestas en secuencia, desde el 1 de enero hasta el 31 de diciembre, con las fechas cuidadosamente anotadas debajo de cada una.


Mientras hojeaba los álbumes y empezaba a estudiar la obra de Auggie, no sabía qué pensar. Mi primera impresión fue que se trataba de la cosa más extraña y desconcertante que había visto nunca. Todas las fotografías eran iguales. Todo el proyecto era un curioso ataque de repetición que te dejaba aturdido, la misma calle y los mismos edificios una y otra vez, un implacable delirio de imágenes redundantes. No se me ocurría qué podía decirle a Auggie, así que continué pasando las páginas, asintiendo con la cabeza con fingida apreciación. Auggie parecía sereno, mientras me miraba con una amplia sonrisa en la cara, pero cuando yo llevaba varios minutos observando las fotografías, de repente me interrumpió y me dijo: 


—Vas demasiado deprisa. Nunca lo entenderás si no vas más despacio.


Tenía razón, por supuesto. Si no te tomas tiempo para mirar, nunca conseguirás ver nada. Cogí otro álbum y me obligué a ir más pausadamente. Presté más atención a los detalles, me fijé en los cambios en las condiciones meteorológicas, observé las variaciones en el ángulo de la luz a medida que avanzaban las estaciones. Finalmente pude detectar sutiles diferencias en el flujo del tráfico, prever el ritmo de los diferentes días (la actividad de las mañanas laborables, la relativa tranquilidad de los fines de semana, el contraste entre los sábados y los domingos). Y luego, poco a poco, empecé a reconocer las caras de la gente en segundo plano, los transeúntes camino de su trabajo, las mismas personas en el mismo lugar todas las mañanas, viviendo un instante de sus vidas en el objetivo de la cámara de Auggie.


Una vez que llegué a conocerles, empecé a estudiar sus posturas, la diferencia en su porte de una mañana a la siguiente, tratando de descubrir sus estados de ánimo por estos indicios superficiales, como si pudiera imaginar historias para ellos, como si pudiera penetrar en los invisibles dramas encerrados dentro de sus cuerpos. Cogí otro álbum. Ya no estaba aburrido ni desconcertado como al principio. Me di cuenta de que Auggie estaba fotografiando el tiempo, el tiempo natural y el tiempo humano, y lo hacía plantándose en una minúscula esquina del mundo y deseando que fuera suya, montando guardia en el espacio que había elegido para sí. Mirándome mientras yo examinaba su trabajo, Auggie continuaba sonriendo con gusto. Luego, casi como si hubiera estado leyendo mis pensamientos, empezó a recitar un verso de Shakespeare.


—Mañana y mañana y mañana —murmuró entre dientes—, el tiempo avanza con pasos menudos y cautelosos.


Comprendí entonces que sabía exactamente lo que estaba haciendo.


Eso fue hace más de dos mil fotografías. Desde ese día Auggie y yo hemos comentado su obra muchas veces, pero hasta la semana pasada no me enteré de cómo había adquirido su cámara y empezado a hacer fotos. Ése era el tema de la historia que me contó, y todavía estoy esforzándome por entenderla.


A principios de esa misma semana me había llamado un hombre del New York Times, y me había preguntado si querría escribir un cuento que aparecería en el periódico el día de Navidad. Mi primer impulso fue decir que no, pero el hombre era muy persuasivo y amable, y al final de la conversación le dije que lo intentaría. En cuanto colgué el teléfono, sin embargo, caí en un profundo pánico. ¿Qué sabía yo sobre la Navidad?, me pregunté. ¿Qué sabía yo de escribir cuentos por encargo?


Pasé los siguientes días desesperado, guerreando con los fantasmas de Dickens, O´Henry y otros maestros del espíritu de la Natividad. Las propias palabras “cuento de Navidad” tenían desagradables connotaciones para mí, en su evocación de espantosas efusiones de hipócrita sensiblería y melaza. Ni siquiera los mejores cuentos de Navidad eran otra cosa que sueños de deseos, cuentos de hadas para adultos, y por nada del mundo me permitiría escribir algo así. Sin embargo, ¿cómo podía nadie proponerse escribir un cuento de Navidad que no fuera sentimental? Era una contradicción en los términos, una imposibilidad, una paradoja. Sería corno tratar de imaginar un caballo de carreras sin patas o un gorrión sin alas.


No conseguía nada. El jueves salí a dar un largo paseo, confiando en que el aire me despejaría la cabeza. Justo después del mediodía entré en el estanco para reponer mis existencias, y allí estaba Auggie, de pie detrás del mostrador, como siempre. Me preguntó cómo estaba. Sin proponérmelo realmente, me encontré descargando mis preocupaciones sobre él.


—¿Un cuento de Navidad? -dijo él cuando yo hube terminado—, ¿Sólo es eso? Si me invitas a comer, amigo mío, te contaré el mejor cuento de Navidad que hayas oído nunca. Y te garantizo que hasta la última palabra es verdad.


Fuimos a Jack's, un restaurante angosto y ruidoso que tiene buenos sandwiches de pastrami y fotografías de antiguos equipos de los Dodgers colgadas en las paredes. Encontramos una mesa al fondo, pedimos nuestro almuerzo y luego Auggie se lanzó a contarme su historia.


–Fue en el verano del setenta y dos -dijo-. Una mañana entró un chico y empezó a robar cosas de la tienda. Tendría unos diecinueve o veinte años, y creo que no he visto en mi vida un ratero de tiendas más patético. Estaba de pie al lado del expositor de periódicos de la pared del fondo, metiéndose libros en los bolsillos del impermeable. Había mucha gente junto al mostrador en aquel momento, así que al principio no le vi. Pero cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, empecé a gritar. Echó a correr como una liebre, y cuando yo conseguí salir de detrás del mostrador, él ya iba como una exhalación por la avenida Atlantic. Le perseguí más o menos media manzana, y luego renuncié. Se le había caído algo, y como yo no tenía ganas de seguir corriendo me agaché para ver lo que era.


“Resultó que era su cartera. No había nada de dinero, pero sí su carnet de conducir junto con tres o cuatro fotografías. Supongo que podía haber llamado a la poli para que le arrestara. Tenía su nombre y dirección en el carnet, pero me dio pena. No era más que un pobre desgraciado, y cuando miré las fotos que llevaba en la cartera, no fui capaz de enfadarme con él. Robert Goodwin. Así se llamaba. Recuerdo que en una de las fotos estaba de pie rodeando con el brazo a su madre o su abuela. En otra estaba sentado a los nueve o diez años, vestido con un uniforme de béisbol y con una gran sonrisa en la cara. No tuve valor. Me figuré que probablemente era drogadicto. Un pobre chaval de Brooklyn sin mucha suerte, y, además, ¿qué importaban un par de libros de bolsillo?


“Así que me quedé con la cartera. De vez en cuando sentía el impulso de devolvérsela, pero lo posponía una y otra vez y nunca hacía nada al respecto. Luego llega la Navidad y yo me encuentro sin nada que hacer. Generalmente el jefe me invita a pasar el día en su casa, pero ese año él y su familia estaban en Florida visitando a unos parientes. Así que estoy sentado en mi piso esa mañana compadeciéndome un poco de mí mismo, y entonces veo la cartera de Robert Goodwin sobre un estante de la cocina. Pienso qué diablos, por qué no hacer algo bueno por una vez, así que me pongo el abrigo y salgo para devolver la cartera personalmente.


“La dirección estaba en Boerum Hill, en las casas subvencionadas. Aquel día helaba, y recuerdo que me perdí varias veces tratando de encontrar el edificio. Allí todo parece igual, y recorres una y otra vez la misma calle pensando que estás en otro sitio. Finalmente encuentro el apartamento que busco y llamo al timbre. No pasa nada. Deduzco que no hay nadie, pero lo intento otra vez para asegurarme. Espero un poco más y, justo cuando estoy a punto de marcharme, oigo que alguien viene hacia la puerta arrastrando los pies. Una voz de vieja pregunta quién es, y yo contesto que estoy buscando a Robert Goodwin.


“–¿Eres tú, Robert? -dice la vieja, y luego descorre unos quince cerrojos y abre la puerta.
“Debe tener por lo menos ochenta años, quizá noventa, y lo primero que noto es que es ciega.
“–Sabía que vendrías, Robert -dice-. Sabía que no te olvidarías de tu abuela Ethel en Navidad.
“Y luego abre los brazos como si estuviera a punto de abrazarme.
“Yo no tenía mucho tiempo para pensar, ¿comprendes? Tenía que decir algo deprisa y corriendo, y antes de que pudiera darme cuenta de lo que estaba ocurriendo, oí que las palabras salían de mi boca.
“–Está bien, abuela Ethel -dije-. He vuelto para verte el día de Navidad.


“No me preguntes por qué lo hice. No tengo ni idea. Puede que no quisiera decepcionarla o algo así, no lo sé. Simplemente salió así, y de pronto, aquella anciana me abrazaba delante de la puerta y yo la abrazaba a ella.


“No llegué a decirle que era su nieto. No exactamente, por lo menos, pero eso era lo que parecía. Sin embargo, no estaba intentando engañarla. Era como un juego que los dos habíamos decidido jugar, sin tener que discutir las reglas. Quiero decir que aquella mujer sabía que yo no era su nieto Robert. Estaba vieja y chocha, pero no tanto como para no notar la diferencia entre un extraño y su propio nieto. Pero la hacía feliz fingir, y puesto que yo no tenía nada mejor que hacer, me alegré de seguirle la corriente.


“Así que entramos en el apartamento y pasamos el día juntos. Aquello era un verdadero basurero, podría añadir, pero ¿qué otra cosa se puede esperar de una ciega que se ocupa ella misma de la casa? Cada vez que me preguntaba cómo estaba, yo le mentía. Le dije que había encontrado un buen trabajo en un estanco, le dije que estaba a punto de casarme, le conté cien cuentos chinos, y ella hizo como que se los creía todos.


“–Eso es estupendo, Robert —decía, asintiendo con la cabeza y sonriendo—. Siempre supe que las cosas te saldrían bien.


“Al cabo de un rato empecé a tener hambre. No parecía haber mucha comida en la casa, así que me fui a una tienda del barrio y llevé un montón de cosas. Un pollo precocinado, sopa de verduras, un recipiente de ensalada de patatas, pastel de chocolate, toda clase de cosas. Ethel tenía un par de botellas de vino guardadas en su dormitorio, así que entre los dos conseguimos preparar una comida de Navidad bastante decente. Recuerdo que los dos nos pusimos un poco alegres con el vino, y cuando terminamos de comer fuimos a sentarnos en el cuarto de estar, donde las butacas eran más cómodas. Yo tenía que hacer pis, así que me disculpé y fui al cuarto de baño que había en el pasillo. Fue entonces cuando las cosas dieron otro giro. Ya era bastante disparatado que hiciera el numerito de ser el nieto de Ethel, pero lo que hice luego fue una verdadera locura, y nunca me he perdonado por ello.


“Entro en el cuarto de baño y, apiladas contra la pared al lado de la ducha, veo un montón de seis o siete cámaras. De treinta y cinco milímetros, completamente nuevas, aún en sus cajas, mercancía de primera calidad. Deduzco que eso es obra del verdadero Robert, un sitio donde almacenar botín reciente. Yo no había hecho una foto en mi vida, y ciertamente nunca había robado nada, pero en cuanto veo esas cámaras en el cuarto de baño, decido que quiero una para mí. Así de sencillo. Y, sin pararme a pensarlo, me meto una de las cajas bajo el brazo y vuelvo al cuarto de estar.


“No debí ausentarme más de unos minutos, pero en ese tiempo la abuela Ethel se había quedado dormida en su butaca. Demasiado Chianti, supongo. Entré en la cocina para fregar los platos y ella siguió durmiendo a pesar del ruido, roncando como un bebé. No parecía lógico molestarla, así que decidí marcharme. Ni siquiera podía escribirle una nota de despedida, puesto que era ciega y todo eso, así que simplemente me fui. Dejé la cartera de su nieto en la mesa, cogí la cámara otra vez y salí del apartamento. Y ése es el final de la historia.


—¿Volviste alguna vez? —le pregunté.
—Una sola —contestó—. Unos tres o cuatro meses después. Me sentía tan mal por haber robado la cámara que ni siquiera la había usado aún. Finalmente tomé la decisión de devolverla, pero la abuela Ethel ya no estaba allí. No sé qué le había pasado, pero en el apartamento vivía otra persona y no sabía decirme dónde estaba ella.
—Probablemente había muerto.
—Sí, probablemente.
—Lo cual quiere decir que pasó su última Navidad contigo.
—Supongo que sí. Nunca se me había ocurrido pensarlo.
—Fue una buena obra, Auggie. Hiciste algo muy bonito por ella.
—Le mentí, y luego le robé. No veo cómo puedes llamarle a eso una buena obra.
—La hiciste feliz. Y además la cámara era robada. No es como si la persona a quien se la quitaste fuese su verdadero propietario.
—Todo por el arte, ¿eh, Paul?
—Yo no diría eso. Pero por lo menos le has dado un buen uso a la cámara.
—Y ahora tú tienes tu cuento de Navidad, ¿no?
—Sí —dije—. Supongo que sí.


Hice una pausa durante un momento, mirando a Auggie mientras una sonrisa malévola se extendía por su cara. Yo no podía estar seguro, pero la expresión de sus ojos en aquel momento era tan misteriosa, tan llena del resplandor de algún placer interior, que repentinamente se me ocurrió que se había inventado toda la historia. Estuve a punto de preguntarle si se había quedado conmigo, pero luego comprendí que nunca me lo diría. Me había embaucado, y eso era lo único que importaba. Mientras haya una persona que se la crea, no hay ninguna historia que no pueda ser verdad.


—Eres un as, Auggie —dije—. Gracias por ayudarme.
—Siempre que quieras —contestó él, mirándome aún con aquella luz maníaca en los ojos—. Después de todo, si no puedes compartir tus secretos con los amigos, ¿qué clase de amigo eres?
—Supongo que estoy en deuda contigo.
—No, no. Simplemente escríbela como yo te la he contado y no me deberás nada.
—Excepto el almuerzo.
—Eso es. Excepto el almuerzo.


Devolví la sonrisa de Auggie con otra mía y luego llamé al camarero y pedí la cuenta.


PAUL AUSTER

domingo, 31 de marzo de 2013

Día Mundial del Teatro 2013 | Mensaje de Darío Fo

Mucho tiempo atrás, el Poder resolvió la intolerancia que sentía hacia los actores de la Commedia dell’Arte expulsándolos de su país. 

Actualmente, los actores y las compañías sufren para encontrar espacios al aire libre, así como teatros e incluso público, todo ello a causa de la crisis. Las autoridades, por lo tanto, no se han involucrado ni se preocupan por controlar a quienes se expresan con ironía y sarcasmo; ya no es necesario, puesto que los actores no cuentan más con espacios ni con público a quien dirigirse.

En sentido contrario en Italia, durante el Renacimiento, los dirigentes tenían que esforzarse, de manera muy significativa, para que los comediantes no se salieran de su dominio, ya que gozaban de gran cantidad de público. Se sabe que el gran éxodo de los integrantes de la Commedia dell’Arte advino durante el siglo de la Contra-Reforma, por la cual se decretó el desmantelamiento de todos los espacios teatrales, especialmente en Roma, en donde fueron acusados de ofender a la Ciudad Santa.

jueves, 7 de febrero de 2013

LA TORRE DE LA DEFENSA x Copi | Traducción: Guadalupe Marando

"La torre de la defensa es una pieza casi convencional, para Copi al menos, que reúne todos sus temas en un desarrollo realista. Están sus animales favoritos (gaviota, boa, rata, la rata dentro de la boa: 'boa rellena'), un cadáver descuartizado dentro de una valija, y una dama elegante con un tailleur Chanel que al final resulta ser el estudiante que colaboró esa misma mañana en la mudanza del senegalés, con el que tiene un delicioso intercambio justo antes de que caiga el telón: "- ¿Me prefieres como hombre o como mujer? -Con anteojos, como hombre. Con peluca, como mujer." [César Aira, Copi] 

UN POCO DE COPI | ¿Y usted de qué se ríe? x Eduardo Romano

La elección de esta apelación interrogativa como título abre el juego sobre uno de los tantos costados del problema humorístico. No todos nos reímos de lo mismo ni nos volvemos a reír, a veces, de lo que ayer nos causara gracia. Para usarme de ejemplo, aun los mejores cómicos televisivos (ejemplos, Gasalla o los Midachi), pierden efectividad cuando reiteran hasta el cansancio ciertos estereotipos, ciertas situaciones que ya no dan jugo aunque las sigan exprimiendo.

UN POCO DE COPI | Santa Copi x Daniel Link

Sería imposible siquiera considerar las líneas fundamentales de la literatura argentina contemporánea sin hacer referencia a la figura de Copi, pero apenas un puñado de fanáticos conocen su obra decisiva. Hace poco, Fogwill publicó una recopilación de textos periodísticos (Los libros de la guerra), uno de cuyos méritos es recordarnos cuán tempranamente él había presentado a Copi a la sociedad cultural argentina, cuyos miembros más prominentes, todavía obnubilados por un puñado de frases sombrías y heterosexistas (“Los espejos y la cópula son abominables porque multiplican el número de los hombres”) consideraron poco serio al recién llegado. Salvo el caso de César Aira, que le dedicó un seminario y una lectura incompleta pero decisiva para las nuevas generaciones de lectores.

UN POCO DE COPI | Jorge Dubatti

En los comienzos de la postdictadura, nadie se acordaba de Copi. Era apenas un nombre lejano. Recién a fines de los '80, César Aira dicta el curso "Cómo leer a Copi" en el Centro Cultural Rojas, justo al año siguiente de la muerte de Copi en París, víctima del sida. Más tarde, Aira recoge aquel curso, que hoy nos parece desprolijo y un tanto superficial, en un librito (Copi, Rosario, Editorial Beatriz Viterbo, 1991) que resulta fundamental porque a partir de ese ensayito, lentamente, Copi comienza a "regresar" a los imaginarios de la cultura argentina dentro de las fronteras políticas del país.

lunes, 31 de diciembre de 2012

¡10 AÑOS DE ANTITEATRO! | CAMBIAR EL MUNDO


-¿Sabe por qué quiero hacer teatro? Se lo voy a decir. Quiero hacer teatro porque quiero hacer algo por mí y por los demás. Quiero hacer teatro porque creo que sirve para comunicarse entre los seres humanos, porque creo que puede ser un camino hacia el entendimiento y hacia la comprensión. Por eso.
-Así que quieres cambiar el mundo...
-Pues sí, me encantaría cambiar este puto mundo. Y creo que todavía se puede cambiar.
[…]
Nosotros queríamos cambiar el mundo y desde luego no lo conseguimos. Ahora lo que intento es que el mundo no me cambie…
Noviembre, de Achero Mañas, 2003.

Alguien dijo alguna vez que quizás uno no pueda cambiar el mundo, pero que lo importante, lo verdaderamente importante, era que el mundo no lo cambie a uno. A mí me maravilló esta frase. La oí por primera vez de labios de Bernard Kudlak, director del Circo Plume, en un video en VHS que circulaba en forma clandestina y casi secreta entre los que nos dedicábamos al circo, en mi caso al circo callejero. De inmediato la adopté como frase de cabecera y cuando comenzamos a viajar con la compañía, a conocer gente y cada tanto, a dar una charla que incluía en ese entonces, casi siempre, una declaración de principios, solíamos citarla. Sin dar nombres, por si acaso.

¡10 AÑOS DE ANTITEATRO! Un libro de la Compañía Nacional de Fósforos


¿Qué es la Compañía Nacional de Fósforos? Este libro intenta responder ese interrogante. Ante todo un grupo de teatro (o de antiteatro), uno de los cientos que alimentan las salas del país y del mundo, uno de los tantos que al margen de todo centro persisten e insisten en seguir haciendo teatro con la obstinada convicción de que, en los albores del siglo XXI, siendo la más efímera e intempestiva de las artes, es uno de los pocos espacios donde aún tiene cabida la experiencia, donde aún podemos encontrar ese instante que -como dice uno de los epígrafes- es capaz de borrar los siglos y los milenios.
Escrito a más de ochenta manos y no menos de 40 computadoras por algunos de los más importantes investigadores, creadores y críticos teatrales de Argentina, Iberoamérica y el mundo, 10 años de ANTITEATRO quiere ser no sólo un testimonio de la tarea que la compañía viene realizando desde hace más o menos una década sino también un mea culpa, un alegato, un manifiesto, un epitafio y también un homenaje al teatro que se realiza con pasión, valentía y mucho de obstinación en los más remotos y apartados lugares del continente (de éste o cualquier continente).

Pensar la Gestión de las Artes Escénicas de Guillermo Heras. Nuevo libro de la colección SEA

La colección SEA nace de la necesidad de encontrar en la teorización de la gestión de las artes escénicas una nueva forma de pensar el arte ¿Son las Artes Escénicas tan sólo un arte? ¿No lleva acaso toda obra por detrás un mundo especializado, en el cual la gestión se desprende como un nuevo universo que debe ser pensado y reflexionado? Con este objetivo nace la nueva colección SER-ESTAR-ACCIÓN de RGC Ediciones cuyo primer libro fue PRODUCCIÓN DE ESPECTÁCULOS ESCÉNICOS de Marisa de León (México). Su segundo libro PENSAR LA GESTIÓN DE LAS ARTES ESCÉNICAS. ESCRITOS DE UN GESTOR de Guillermo Heras ya está disponible en librerías.

Texto completo de la Ley Nacional de la Música

El 28 de noviembre de 2012, el voto unánime del Senado convirtió en Ley Nacional de la Música el proyecto impulsado por un conjunto de organizaciones de músicos independientes. La ley apunta a fomentar la actividad musical, en general, y la nacional, en particular, protegiendo con su normativa la práctica de la música en vivo, así como apoya la formación y perfeccionamiento de los artistas.También se busca la conformación de centros de producción musical bajo las modalidades de música en vivo, difusión y música grabada. Para sostener el instituto, se impone la creación de un Fondo de Financiamiento, con recursos estatales y también del sector privado.

sábado, 29 de diciembre de 2012

La Niña de los Fósforos*

¡Qué frío hacía! Nevaba y comenzaba a oscurecer; era la última noche del año, la noche de San Silvestre. Bajo aquel frío y en aquella oscuridad, pasaba por la calle una pobre niña, descalza y con la cabeza descubierta. Verdad es que al salir de su casa llevaba zapatillas, pero, ¡de qué le sirvieron! Eran unas zapatillas que su madre había llevado últimamente, y a la pequeña le venían tan grandes que las perdió al cruzar corriendo la calle para librarse de dos coches que venían a toda velocidad. Una de las zapatillas no hubo medio de encontrarla, y la otra se la había puesto un mozalbete, que dijo que la haría servir de cuna el día que tuviese hijos.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

La revolución de la risa no será televisada. Sobre el Humor en la TV argentina actual


La televisión ya no provoca las carcajadas de antaño. O, al menos, no tanto como cuando a la TV se la veía en blanco y negro y era el único centro de entretenimiento hogareño. Los tiempos en los que Dringue Farías, Pepe Biondi, Juan Verdaguer, Juan Carlos Mesa, Alberto Olmedo, Juan Carlos Altavista, Tato Bores, Antonio Gasalla, Jorge Guinzburg, Darío Vittori, Juan Carlos Calabró o Jorge Porcel, entre otros grandes del humor argentino, hacían descostillar de risa a generaciones enteras con programas propios parecen haber quedado en el olvido. En la actualidad, apenas Diego Capusotto conserva un ciclo de humor en la TV argentina, con un Peter Capusotto y sus videos que resiste a una tendencia a la que ningún programador parece querer torcerle el rumbo. ¿Qué sucede en la TV local para que un género que históricamente fue parte medular de su programación hoy casi no tenga cabida en la pantalla chica?

La pérdida en la TV argentina de programas de humor no se trata de un fenómeno nuevo. De un (largo) tiempo a esta parte, los ciclos de humor “puros” fueron de-sapareciendo de la pantalla chica. Salvo contadas excepciones –como la de Peter Capusotto y sus videos en Canal 7 (lunes a las 22.30), o la de Sin codificar en América (domingos a las 13 y sábados a las 23)–, el género que contó con innumerables capocómicos ya dejó de formar parte de la cotidianidad televisiva. Y lo que es peor: dejó de ser una opción a pensar y desarrollar por los programadores o productores, más proclives a fórmulas que contengan humor pero que no se limiten exclusivamente a ese registro. Hoy, a diferencia del ayer, los programas de humor de sketches parecen haber pasado de moda. O resultan demasiado riesgosos económicamente para probar suerte. O no hay cómicos capaces de sostener la carcajada de los televidentes durante un buen rato. Cualquiera sea el motivo, lo cierto es que el género atraviesa un momento de delicada agonía en la pantalla chica. Ojalá sea transitoria.



¿Y dónde está el capocómico? Sobre el Humor en la TV argentina actual


Evidentemente, hoy el humor en la TV argentina no tiene programas propios, con excepción de Peter Capusotto y sus videos. Más bien aparece integrado en otros programas, a través de imitadores, algunos contadores de chistes o humoristas invitados. El género puro fue perdiendo presencia, aunque en las últimas tres décadas hubo algunos ejemplos, aunque aislados, tales los casos de Peor es nada, con Jorge Guinzburg, y algún programa encabezado por Antonio Gasalla.

En la TV argentina se pueden definir dos etapas en relación con los programas de humor. La más lejana fue de programas “corales”, tipo La tuerca, o los programas de los uruguayos como Telecataplum o Hupumorpo, con sketches variados y múltiples intérpretes atractivos. Luego, más acá en el tiempo, tuvimos los programas que giraban alrededor de un capocómico (o dos, por ejemplo, con Olmedo y Porcel), con un libreto que explotaba sus potencialidades. En esa línea puede incluirse a Antonio Gasalla, Tato Bores, Guillermo Francella o el mismo Jorge Guinzburg de Peor es nada. Quizá sea esto lo que más extrañemos. Más allá de libros atractivos, la figura convocante era un gran personaje: ésta era la locomotora que arrastraba todo el tren y le daba una identidad al programa.

miércoles, 10 de octubre de 2012

Guía de Oportunidades de Financiamiento para Intercambios Culturales con Asia

Iniciadas por la Fundación Asia-Europa (ASEF) a través de su portal online culture360.org, estas veinte guías de financiación para movilidad son producto del mapeo de las distintas posibilidades de financiación para el intercambio cultural internacional en 18 países de Asia. La investigación se llevó a cabo con la cooperación del Korea Arts Management Service-KAMS, Japan Center, Pacific Basin Arts Communication-PARC, Tokyo Performing Arts Market-TPAM y el Arts Network Asia-ANA.

El objetivo principal de la cartografía es hacer disponible en línea, de forma transparente, la información existente sobre la financiación para movilidad internacional de artistas y operadores culturales en Asia. La Guía de Oportunidades de financiación para el intercambio cultural internacional en Asia está disponible en el sitio web C360.


viernes, 5 de octubre de 2012

Margarana (Fragmento) de Cristian Palacios

Margarana tiene una bolsa de tela blanca donde guarda los años que va dejando atrás. Cuando un año termina Margarana lo estruja, lo hace una pelotita y lo guarda en esa bolsa de donde cada tanto saca uno al azar. Y así como todo un árbol brota de una semilla, del año hecho una bolita brotan los recuerdos que Margarana ha ido acumulando poco a poco: recuerdos de un prado donde se aburre en verano, de un oso de peluche que llora en un baúl o de un muchacho que la mira ceñudo desde detrás de un árbol ¿Está enojado o es solamente tímido? - piensa Margarana - ¿Será que no se atreve a hablar? El joven suspira. Margarana sonríe. Entonces se decide y le lanza un ovillo de lana para enredar con él los caminos de sus vidas o para ayudarla a orientarse a través de un laberinto – con un minotauro torpe que la persigue – un laberinto que es también una ciudad donde Margarana - que ya no es más una niña – busca trabajo entre un montón de hombres misteriosos que la acechan, como acechaban a Ulises las sirenas en el medio del mar.

martes, 2 de octubre de 2012

El espectador Emancipado (Jacques Rancière)


Le di a esta charla el titulo el espectador emancipado. Me parece que un titulo es siempre un reto. Presenta la presuposición de que una expresión tenga sentido, que haya conexión entre términos separados, lo cual quiere decir que también los haya entre conceptos, problemas y teorías que parecen a primera vista no tener relación directa entre ellas. De algún modo, el titulo expresa mi perplejidad cuando Marten Spangberg me invito a dar la supuesta charla central (keynote) de esta academia. Me dijo que quería que hiciera una introducción sobre el espectador (spectatorship) en esta reflexión colectiva, porque le había impresionado mi libro el Maestro Ignorante. Al principio me preguntaba ¿qué relación hay entre la causa y el efecto? Esta, una academia que reúne artistas y gente relacionada con el arte, teatro y performance en torno al tema del espectador hoy (spectatorship to-day). El Maestro Ignorante era una reflexión sobre la excéntrica teoría y extraño destino de Joseph Jacotot, un profesor francés, quien, a principios del s.XIX, montó un jaleo en el mundo académico afirmando que un ignorante podría enseñar a otro ignorante lo que no sabía el mismo, proclamando una igualdad de inteligencias y haciendo un llamamiento a una emancipación intelectual contra la idea establecida (the standard idea) sobre la instrucción de la gente. Su teoría quedo sumergida en el olvido en la mitad del s. XIX. Yo lo consideré necesario para reavivar en los años 1980 para montar un nuevo tipo de jaleo en el debate sobre la educación y sus cuestiones políticas.